Diario apócrifo de un librero
Querido diario:
Uf... ya 2 de noviembre, parece que apenas comenzó el año y ya estamos
iniciando este mes dedicado a la muerte y a la revolución y antesala del
conocido y anhelado maratón Guadalupe Reyes. Ojalá y en este festivo mes nos
emparejemos y superemos las consecuencias de los problemas que recién
afligieron al país entero.
Déjame contarte lo que hoy me ocurrió. Como es sábado se preveía que
habría en la librería más gente de lo habitual, por alguna extraña razón la
gente compra más libros los sábados que el resto de la semana. Quizás los anima
un inexplicable optimismo y se imaginan que en un par de días darán cuenta del libro
que apenas adquirieron. Y sí, en efecto llegó más gente, siempre es bueno
comenzar el mes con buena venta. Para iniciar el día, como siempre, revisé los
boletines de novedades por si algo se me había escapado, no, todo estaba en
orden, los pedidos hechos con teutona precisión, los estantes bien acomodados y
las góndolas debidamente identificadas, todo como debe de ser, listos para
enfrentar hasta al más exigente cliente, bueno eso creía. La vida no debería
ser tan impredecible.
Serían quizás las dos de la tarde cuando ocurrió lo que te voy a a
contar. A esa hora siempre baja la asistencia, todo el mundo se va a comer,
todos menos yo. Ni modo que cierre la librería, qué tal que llega un cliente
despistado y se lleva una buena cantidad de libros. Estaba revisando una de las
secciones de la librería menos visitada, la de diccionarios, no la visitan ni los
clientes y parece que ni los empleados a juzgar por el polvo que encontré sobre
un no muy reciente ejemplar del Diccionario de Americanismos empleados
en la costa del Pacífico.
La lógica indicaba que un libro con semejante nombre no debería tener
mucha demanda, sobre todo por el alto precio que tenía y las más de
800 páginas que lo conformaban (sí, por supuesto que verifiqué
cuántas paginas tenía el volumen), me preguntaba en qué momento de enajenación alguien
lo pudo editar y más aún cómo diantres fue a parar en nuestros estantes cuando
sonó la campanilla que indicaba que alguien había entrado. Dejé el volumen
sobre el estante, sin ponerlo en su lugar y me asomé para ver quién pudiera
haber entrado.
Un hombre joven vestido con jeans, una camiseta negra y una gorra de
estambre miraba nervioso de un lado a otro.
-Buenas tardes ¿busca algún libro en particular? -mi pregunta pareció
sobresaltarlo.
-No, nomás estoy mirando.
-Si necesita ayuda, con mucho gusto, estoy para servirle.
El hombre no respondió y se alejó caminando por entre los libreros. Como
no tenía intención de ahuyentarlo ni ser molesto, regresé a buscar mi
diccionario y ponerlo en su lugar. No fue mucho lo que me distraje,
sin embargo y antes de que me percatara, el hombre estaba atrás de mí,
sentí algo duro que me empujaba a media espalda.
-¡Esto es un asalto! no grites y estate tranquilo, vamos a la caja.
¡Carajo! pensé justo hoy nos tenían que asaltar, justo ahora que estaba
siendo un buen día. Confieso que sentí temor, desde luego no tenía la menor
intención de morir en mi librería asesinado por un raterillo de cuarta, porque
la verdad el tipo ese no se veía como un delincuente de respeto, eso
me irritó, vaya cualquier imbécil se siente con derecho de asaltarme, la cosa
se estaba volviendo personal.
-¡Muévete o aquí te mueres!
Nos dirigimos a la caja, mientras pensaba y ¿si no tiene un
arma y nomás me está empujando con una pluma? ya me había enterado de asaltos
en los que el delincuente había usado cualquier objeto duro para intimidar a su
víctima. Llegamos a la caja, el tipo me apuró.
-¡El dinero! pronto. -Lo pude ver de frente, no era ningún lápiz con lo
que me amenazaba, era un revolver, y si digo que es un revolver es porque lo
es, yo no soy de esos que confunde cualquier pistola con un revolver.
-¡Vamos, viene todo lo que tengas! y mientras eso decía me ponía su arma
frente a la cara.
Caray, ver a una arma así, de frente no es cosa que le recomiende a
nadie, sobre todo si está en manos de un tipo que tiene intención de dispararle
a uno con ella. Así que ahí la tenía el ojo oscuro del cañón del arma y los
huecos donde van las balas en un revolver ¿huecos? ¿Qué no deberían estar
ocupados por las balas? ah caray ¿cómo es eso?
Iba a abrir el cajón del dinero de la caja registradora cuando el tipo
me volvió a empujar y francamente eso sí me hizo enojar, seguro que
si lo pienso no lo hago, pero hay veces que se actúa por instinto. El primer
golpe fue sobre la mano armada, el rufián no se lo esperaba, soltó el revolver
que cayó a mis pies. Seguí golpeándolo sin piedad uno, dos, tres
librazos bien acomodados lo dejaron fuera de combate, cuando llegó la policía
seguía inconsciente.
Fue en ese momento que me felicité de haber traído aún en la mano el pesado
ejemplar del Diccionario de Americanismos empleados en la costa del
Pacífico.
