jueves, 14 de junio de 2012

Crimen organizado, oferta y demanda


En 1964 Magnus Enzensberger el destacado ensayista y poeta alemán, ganador del premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades de 2002, publicó en su lengua, el libro La balada de Al Capone.  Mafia y capitalismo, integrado por dos breves ensayos. El libro fue publicado en español en el 2010 por la editorial errata naturae en una muy pulcra edición.
Una vez hecha la cita bibliografía correspondiente, quisiera comentar en unas pocas líneas -desde luego insuficientes y por supuesto lo mejor es leer el libro, del que por cierto ninguna de sus páginas tiene desperdicio- el primero de los dos ensayos que lo componen y que da titulo al libro que afortunadamente tuve oportunidad de leer el pasado fin de semana.
En su texto Enzensberguer hace un repaso que cabalga entre la narración y el análisis histórico de lo que ocurrió en el Chicago de la “prohibición” y de la mafia. Por prohibición se entiende el momento que va de 1920 a 1933 detonado por la llamada Ley Volstead que prohibía la preparación de bebidas embriagantes.  Durante este periodo los grupos gangsteriles controlaron la ciudad de Chicago y su influencia llegó a las más altas esferas judiciales. El personaje más conocido de esa época fue Al Capone, durante años el capo indiscutido de la delincuencia organizada.
La justificación de comentar este libro, cuyo tema pudiera parecernos anacrónico, es la similitud entre lo que aconteció en aquel Chicago de los 20’s y de lo que ocurre actualmente en nuestro país. La lucha despiadada entre las diferentes pandillas, llamadas ahora cárteles, que se disputaban el control de los negocios y actividades ilegales, los crímenes impunes y la corrupción no sólo tienen semejanza, son idénticos en sus motivaciones, alcances y resultados.
Quizás lo que hace que el libro resulte tan interesante y a la vez tan inquietante se encuentre en las páginas en las que Enzensberger nos ofrece cómo se ve Capone a sí mismo (pág. 52) “Soy un hombre de negocios y nada más. Gané dinero satisfaciendo las necesidades de la nación. Si al obrar de este modo infringí la ley, en tal caso mis clientes son tan culpables como yo… Todo el país quería aguardiente y yo organicé el suministro de aguardiente. En realidad quisiera saber por qué se me llama un enemigo público… Yo sirvo a los intereses de la comunidad. Hago esto tan bien como puedo y procuro que los daños sean tan pequeños como sea posible. No puedo cambiar la situación del país. La afronto. Eso es todo”.
¿Es el clima de violencia que nos flagela un resultado de la cruda ley de la oferta y la demanda? ¿Es la sociedad en su conjunto a través de la degradación de los valores y la civilidad la culpable de que el crimen haya encontrado el ambiente propicio para su desarrollo?
Las anteriores preguntas y cualesquiera otras que al respecto nos planteemos tienen su respuesta en un único lugar: nuestra conciencia.

domingo, 3 de junio de 2012

El libro digital y los libreros


Continuando con las reflexiones de la entrada anterior van unas pocas líneas sobre un tema complicado ¿Qué pasará con los libreros y librerías con el libro digital?
Para responder la anterior pregunta es necesario precisar que la posibilidad de que un libro tuviese un soporte diferente al tradicional estuvo latente desde el surgimiento de tecnologías que permitían el registro de información y conocimiento de manera diferente a la impresa. Los intentos que aún sobreviven son los audiolibros, una forma moderna de la narrativa oral, éste ya era un soporte diferente al libro tradicional, así que el tener un soporte digital no es algo que deba causar demasiada sorpresa. Lo que para el librero resulta importante es que el “libro electrónico” no sólo cambió el soporte, también alteró la cadena de distribución tradicional. Es importante recordar que el librero, aunque es un actor social importante en la distribución del libro, esta actividad la lleva a cabo no por altruismo sino con un interés lucrativo. Si el nuevo soporte del libro lo deja fuera de la cadena de distribución, entonces ese soporte se convierte en una amenaza. Ya el libro digital es una realidad innegable y tangible, no se le puede ignorar; entonces la pregunta es ¿cómo el librero se puede incrustar en la nueva cadena de distribución y conservar su participación si bien no protagónica si de relieve en el proceso que abarca del autor al lector? Me parece que no hay una única respuesta a esta pregunta, sin embargo todas pasan por el cambio de enfoque en el papel a desempeñar. El librero moderno debe visualizarse a sí mismo como el prestador de servicios que vincula al generador de contenidos con el consumidor de estos y no como un simple comerciante de libros sea cual sea el soporte de éste. En ese papel le corresponde facilitar el conocimiento que el lector requiera sobre los contenidos producidos, utilizando el mismo medio ambiente en el que se desempeña éste, es decir el librero debe estar presente, ineludiblemente, en el medio digital, lo que conlleva a un trato diferente con su posible cliente ya que esa importante relación cara a cara que antes tenía ya no se manifiesta. El intercambio de información en este medio ambiente implica una vez más un incremento en la actividad lectora.

Una última reflexión, el que se ejerza la lectura implica que haya que leer y la dualidad tecnológica ha facilitado enormemente la posibilidad de publicar y distribuir lo que a cada quien se le ocurra escribir. Muchas páginas en la red están dedicadas a dar albergue a relatos en los que sus autores retoman personajes y protagonistas de obras de otros autores para hacerlos vivir nuevas experiencias. Estas páginas cuentan a sus seguidores por miles facilitando el ejercicio de la lectura, lectores que no entran en estadísticas que plantean de manera específica a la pregunta de ¿cuántos libros leíste el año pasado? Quizás la respuesta sea que ninguno y nos estemos enfrentando a un lector asiduo de textos en la red.

Un tema a tratar en otra entrada y sugerido por un comentario a este blog es la perversión de la escritura en los medios electrónicos y las redes sociales.