En 1964 Magnus
Enzensberger el destacado ensayista y poeta alemán, ganador del premio Príncipe
de Asturias de Comunicación y Humanidades de 2002, publicó en su lengua, el
libro La balada de Al Capone. Mafia y
capitalismo, integrado por dos breves ensayos. El libro fue publicado en español
en el 2010 por la editorial errata
naturae en una muy pulcra edición.
Una vez hecha la
cita bibliografía correspondiente, quisiera comentar en unas pocas líneas
-desde luego insuficientes y por supuesto lo mejor es leer el libro, del que
por cierto ninguna de sus páginas tiene desperdicio- el primero de los dos
ensayos que lo componen y que da titulo al libro que afortunadamente tuve
oportunidad de leer el pasado fin de semana.
En su texto
Enzensberguer hace un repaso que cabalga entre la narración y el análisis
histórico de lo que ocurrió en el Chicago de la “prohibición” y de la mafia.
Por prohibición se entiende el momento que va de 1920 a 1933 detonado por la
llamada Ley Volstead que prohibía la
preparación de bebidas embriagantes. Durante
este periodo los grupos gangsteriles controlaron la ciudad de Chicago y su
influencia llegó a las más altas esferas judiciales. El personaje más conocido
de esa época fue Al Capone, durante años el capo
indiscutido de la delincuencia organizada.
La justificación
de comentar este libro, cuyo tema pudiera parecernos anacrónico, es la
similitud entre lo que aconteció en aquel Chicago de los 20’s y de lo que
ocurre actualmente en nuestro país. La lucha despiadada entre las diferentes
pandillas, llamadas ahora cárteles, que se disputaban el control de los
negocios y actividades ilegales, los crímenes impunes y la corrupción no sólo
tienen semejanza, son idénticos en sus motivaciones, alcances y resultados.
Quizás lo que
hace que el libro resulte tan interesante y a la vez tan inquietante se
encuentre en las páginas en las que Enzensberger nos ofrece cómo se ve Capone a
sí mismo (pág. 52) “Soy un hombre de negocios y nada más. Gané dinero
satisfaciendo las necesidades de la nación. Si al obrar de este modo infringí
la ley, en tal caso mis clientes son tan culpables como yo… Todo el país quería
aguardiente y yo organicé el suministro de aguardiente. En realidad quisiera
saber por qué se me llama un enemigo público… Yo sirvo a los intereses de la
comunidad. Hago esto tan bien como puedo y procuro que los daños sean tan
pequeños como sea posible. No puedo cambiar la situación del país. La afronto.
Eso es todo”.
¿Es el clima de
violencia que nos flagela un resultado de la cruda ley de la oferta y la
demanda? ¿Es la sociedad en su conjunto a través de la degradación de los
valores y la civilidad la culpable de que el crimen haya encontrado el ambiente
propicio para su desarrollo?
Las anteriores preguntas y cualesquiera otras que al
respecto nos planteemos tienen su respuesta en un único lugar: nuestra
conciencia.
