El pasado 8 de marzo se presentó en la librería Proveedora Escolar de la Ciudad de Oaxaca el libro Niños, niggers, muggles. Sobre literatura infantil y censura de Elisa Corona. En este brevísimo ensayo, la autora nos alerta sobre los peligros y efectos de la censura en los libros infantiles y juveniles. Toma como ejemplo a Mark Twain, Roald Dahl y J. K. Rowling, tres autores cuyas obras tradicionalmente se han considerado como dedicadas al público infantil y juvenil, para mostrarnos como por diversas causas, éstas han sido objeto de censura y prohibidas en algún momento y en algún lugar específico. En nuestro contexto sociocultural parece inverosímil que libros como Las aventuras de Huckleberry Finn o Charlie y la fábrica de chocolate representen un riesgo para la formación de nuestros niños y jóvenes y más aún, que la saga de Harry Potter vaya a generar hordas de aspirantes a magos que renieguen de la fe que profesen. Sin embargo esas han sido las causas que han motivado la prohibición o por lo menos el rechazo de los autores y sus correspondientes creaciones literarias. Si bien el tema y la lectura del texto de Elisa Corona resultan por demás interesantes, creo que es conveniente reflexionar un poco más en el tema de quién es el que censura y prohíbe y la razón de fondo en la censura y prohibición.
Es ancestral y común a todas las culturas el rechazo y la confrontación con lo diferente, con aquello que no coincide con el punto de vista generalizado. Pero esta situación se manifiesta de manera más intensa y con más rigor cuando el grupo social en cuestión esta subordinado a una entidad que en base al poder que posee determina qué es lo que se acepta y qué es lo que se rechaza. Las ideologías políticas y las religiones con frecuencia han ejercido esa capacidad de vetar todo aquello que se perciba como contrario. Ejemplos claros son las dictaduras que aún subsisten y que no permiten que quienes viven bajo el régimen dictatorial discrepen de pensamiento, palabra u obra o las religiones que persiguen a quienes no la profesan.
Lo que es común y subyace en esas censuras y prohibiciones es finalmente que el juicio de quien ostenta el poder, persona o institución, es impuesto a la comunidad subordinada, transfiriendo e imponiendo su punto de vista. La censura, en resumidas cuentas, no es otra cosa que un ejercicio de poder.
