Continuando con las reflexiones de la entrada anterior van unas pocas líneas sobre un tema complicado ¿Qué pasará con los libreros y librerías con el libro digital?
Para responder la anterior pregunta es necesario precisar que la posibilidad de que un libro tuviese un
soporte diferente al tradicional estuvo latente desde el surgimiento de
tecnologías que permitían el registro de información y conocimiento de manera
diferente a la impresa. Los intentos que aún sobreviven son los audiolibros,
una forma moderna de la narrativa oral, éste ya era un soporte diferente al
libro tradicional, así que el tener un soporte digital no es algo que deba causar demasiada sorpresa. Lo que para
el librero resulta importante es que el “libro electrónico” no sólo cambió el
soporte, también alteró la cadena de distribución tradicional. Es importante
recordar que el librero, aunque es un actor social importante en la
distribución del libro, esta actividad la lleva a cabo no por altruismo sino
con un interés lucrativo. Si el nuevo soporte del libro lo deja fuera de la
cadena de distribución, entonces ese soporte se convierte en una amenaza. Ya el
libro digital es una realidad innegable y tangible, no se le puede ignorar;
entonces la pregunta es ¿cómo el librero se puede incrustar en la nueva cadena
de distribución y conservar su participación si bien no protagónica si de
relieve en el proceso que abarca del autor al lector? Me parece que no hay una
única respuesta a esta pregunta, sin embargo todas pasan por el cambio de
enfoque en el papel a desempeñar. El librero moderno debe visualizarse a sí
mismo como el prestador de servicios que vincula al generador de contenidos con
el consumidor de estos y no como un simple comerciante de libros sea cual sea
el soporte de éste. En ese papel le corresponde facilitar el conocimiento que
el lector requiera sobre los contenidos producidos, utilizando el mismo medio
ambiente en el que se desempeña éste, es decir el librero debe estar presente,
ineludiblemente, en el medio digital, lo que conlleva a un trato diferente con
su posible cliente ya que esa importante relación cara a cara que antes tenía
ya no se manifiesta. El intercambio de información en este medio ambiente
implica una vez más un incremento en la actividad lectora.
Una última reflexión, el que se ejerza la lectura implica
que haya que leer y la dualidad tecnológica ha facilitado enormemente la
posibilidad de publicar y distribuir lo que a cada quien se le ocurra escribir.
Muchas páginas en la red están dedicadas a dar albergue a relatos en los que
sus autores retoman personajes y protagonistas de obras de otros autores para
hacerlos vivir nuevas experiencias. Estas páginas cuentan a sus seguidores por
miles facilitando el ejercicio de la lectura, lectores que no entran en
estadísticas que plantean de manera específica a la pregunta de ¿cuántos libros
leíste el año pasado? Quizás la respuesta sea que ninguno y nos estemos enfrentando
a un lector asiduo de textos en la red.
Un tema a tratar en otra entrada y sugerido por un comentario a este blog es la perversión de la escritura en los medios electrónicos y las redes sociales.

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